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Workers adjust the fuel price sign outside a gas station in Brazil.
Policy Analysis

Cómo ha afectado la guerra de Irán a las perspectivas económicas de América Latina y el Caribe

La guerra en Irán ha interrumpido el suministro de petróleo y gas debido al cierre del estrecho de Ormuz, lo que ha provocado un aumento de la inflación y de los tipos de interés en toda América Latina y el Caribe. Enrique Millán-Mejía e Ignacio Albe analizan cuáles son los países más expuestos y en qué ámbitos la inversión en la producción energética nacional y en energías renovables podría reforzar la resiliencia a largo plazo. 

Por Ignacio Albe, Enrique Millán-Mejía on 31 de julio 2026

A pesar de una subida más pronunciada de los precios de la energía, América Latina y el Caribe han mostrado una mayor resiliencia económica en los últimos meses que durante crisis energéticas anteriores, aunque los efectos siguen siendo muy desiguales entre los países exportadores e importadores de materias primas. Este artículo actualiza nuestra evaluación anterior sobre la exposición macroeconómica de la región a los efectos indirectos de la guerra en Irán. Si bien el conflicto ha generado una subida de precios más repentina e intensa que la provocada por la invasión rusa de Ucrania en 2022, las economías de la región han creado reservas que les han permitido capear la crisis hasta ahora. 

Nuestro análisis compara los efectos sobre las importaciones y el sector financiero de la guerra en Irán con los efectos indirectos de la guerra en Ucrania, y pone de relieve cómo, aunque ambas crisis han reconfigurado los flujos mundiales de materias primas, sus canales de transmisión hacia los mercados latinoamericanos operan a escalas totalmente diferentes. Para los importadores netos de combustible de Centroamérica y el Caribe, la crisis actual ha supuesto una perturbación externa histórica, mientras que los exportadores netos de combustible de Sudamérica se enfrentan a un resultado totalmente diferente: beneficios extraordinarios por las exportaciones, junto con presiones inflacionistas y restricciones de suministro. En general, sin embargo, la perturbación no ha alterado las variables financieras regionales, y los indicadores de riesgo crediticio externo han descendido de forma constante desde que comenzó el conflicto. 

Los recursos desiguales provocan efectos desiguales 

La principal consecuencia de la guerra de Irán ha sido la crisis energética directa que se ha extendido por todo el mundo desde las aguas del golfo Pérsico, donde se han producido los disturbios. Como muestra la figura debajo, los precios de la energía se dispararon tras el inicio de las hostilidades, alcanzando su punto álgido en abril de 2026, cuando los precios del petróleo —en particular, según los índices de mercado del Brent y de Dubái— alcanzaron niveles que no se veían desde 2022. Aunque desde entonces los precios de la energía han comenzado a normalizarse gradualmente, la primera conclusión destacable es que los mercados energéticos del hemisferio occidental, más alejados del conflicto, reaccionaron de forma mucho menos negativa a la crisis, con una clara diferencia de precios entre el West Texas Intermediate y los mercados de Dubái y Brent durante el punto álgido del conflicto. 

La figura anterior muestra también una diferencia importante entre las dos crisis energéticas: la línea de tendencia de los precios anterior a la crisis de 2022 había estado al alza, impulsada por la recuperación pospandémica y los consiguientes retos logísticos, mientras que la línea de tendencia anterior a la crisis de 2026 había estado a la baja. Ambos conflictos estallaron además en febrero, lo que simplifica el análisis al eliminar las variaciones estacionales.

Para aislar la presión inmediata que estas dinámicas cambiantes de los precios ejercen sobre las economías individuales, analizamos los datos de los términos de intercambio de las materias primas (Commodity Terms of Trade, CTOT) del Fondo Monetario Internacional (FMI), que recogen las desviaciones absolutas mensuales en puntos del índice respecto a una referencia de enero anterior a la crisis, ponderadas por la relación entre las importaciones y el PIB de cada país. Los datos revelan que la volatilidad de los precios a principios de 2026, en relación con el PIB, fue más del doble que la observada en 2022, principalmente porque la guerra de 2026 trastocó una tendencia bajista predominante de los precios con un cambio repentino y drástico de la línea de referencia. Fue la rapidez de la perturbación —y el hecho de que alterara la tendencia previa al conflicto— lo que diferenció a la guerra de 2026 del conflicto de 2022 en cuanto a sus efectos. 

La figura siguiente ilustra esto mediante la comparación de ambas crisis. Para cada economía de América Latina y el Caribe, tomamos los valores mensuales del índice de importaciones y restamos el valor correspondiente a enero. De este modo, se pone de manifiesto lo repentinos y graves que fueron estos cambios de precios en términos relativos para cada economía. También calculamos una media regional ponderada por el PIB, agregando el coste de las importaciones de cada país en función de su participación en el PIB regional, para ver qué países se vieron afectados por encima o por debajo de esa media. 

La comparación de las diferencias netas del índice entre los picos de enero y marzo pone de manifiesto que casi toda la región sufrió un impacto de precios más agudo y repentino en 2026 que en 2022. Esta comparación a corto plazo confirma que, mientras que países ricos en recursos y con autosuficiencia energética como Argentina, Brasil, Colombia, México y Venezuela permanecieron al margen, los países importadores de energía de Centroamérica y el Caribe fueron los más afectados por la crisis. La figura debajo compara las diferencias del índice entre enero y marzo de cada año —una métrica útil, ya que marzo resultó ser el mes de mayor impacto en ambos conflictos, lo que confirma esta tendencia—. 

En la práctica, es importante recordar que detrás de estos indicadores de precios se esconden innumerables historias humanas. El aumento de los costes de importación de fertilizantes, por ejemplo, ha ejercido una mayor presión sobre los agricultores brasileños, mientras que el incremento de los costes energéticos ha supuesto una carga para las familias y los viajeros en países que van desde Chile hasta México. La subida de los precios de la energía también provocó un repentino repunte inflacionista en todo el mundo, pero, como muestra la siguiente sección, unos fundamentos económicos más sólidos que en 2022, junto con unas expectativas de inflación más firmemente ancladas en la mayoría de los países, han ayudado a contener hasta ahora la espiral inflacionista. 

Una posición de partida más sólida marca la diferencia 

Para evaluar la capacidad de la región para resistir esta presión externa, analizamos ahora la acumulación neta de reservas brutas en divisas, comparando las reducciones efectivas registradas durante la crisis de 2021-2022 con las últimas previsiones del FMI para 2025-2026. 

A diferencia de la realidad altamente fragmentada de 2022, se prevé que la mayoría de las economías de la región acumulen reservas considerables a lo largo de 2026, lo que reforzará significativamente sus posiciones defensivas frente a las tensiones externas. Esta acumulación demuestra que mantener sólidas reservas de divisas es un requisito previo para la estabilidad del mercado; los bancos centrales de la región deben seguir dando prioridad a la adecuación de las reservas para defender las monedas locales y mantener la liquidez para las importaciones durante las crisis de oferta a nivel mundial. Esto es muy importante porque, durante una crisis externa como esta, los mercados emergentes —como los de América Latina— son evaluados por los acreedores e inversores en su capacidad para capear estas tormentas sin dejar de ser lo suficientemente solventes como para cumplir con sus obligaciones. 

Para evaluar cómo valoran los mercados internacionales este comportamiento, hemos examinado la evolución diaria del índice de bonos de mercados emergentes de J.P. Morgan (Emerging Market Bond Index, EMBI), que mide las primas de riesgo de crédito soberano en relación con la media global de los mercados emergentes. 

El índice muestra que, desde que comenzó la guerra en Oriente Medio, la prima de riesgo de América Latina y el Caribe ha descendido de forma constante y ha superado la media mundial —lo que supone un marcado contraste con 2022, cuando la región evolucionó al unísono con el resto del mundo—. Este desacople sugiere que los mercados mundiales han premiado el riesgo percibido comparativamente menor de la región. Por supuesto, también existen factores paralelos que han contribuido a la reducción del riesgo regional, entre ellos las notables caídas en las puntuaciones de Argentina y Venezuela, pero la conclusión sigue siendo la misma: al avanzar hacia la consolidación fiscal y salvaguardar la independencia de los bancos centrales, los Gobiernos de la región han logrado hasta ahora proteger sus economías de la fuga de capitales durante esta grave crisis geopolítica. 

Esto se debe a que la región ha seguido haciendo los deberes: ajustando el gasto público, consolidando la independencia de los bancos centrales, acumulando reservas y ganándose la confianza de los mercados. Aún queda mucho por hacer en muchos países en todos estos frentes, y se prevé que la región experimente un crecimiento lento en el futuro inmediato, pero esta vez la crisis la ha golpeado cuando, podría decirse, estaba mejor preparada. 

El futuro sigue siendo incierto 

En definitiva, aunque la crisis energética que estalló este año fue más aguda y pronunciada que la de 2022, no ha resultado ser el acontecimiento disruptivo que muchos temían. Sin minimizar el sufrimiento humano y el daño económico que están padeciendo muchas personas en todo el hemisferio y en el mundo, los datos muestran, no obstante, que, aunque el impacto económico es real y la crisis es sin duda histórica, aún no ha supuesto una perturbación capaz de trastocar la economía regional. Sin embargo, el reciente recrudecimiento de la tensión en el Golfo nos hace reflexionar y nos recuerda que lo que nos espera no es necesariamente un camino sin obstáculos para los mercados energéticos mundiales. 

Otro factor que merece la pena tener en cuenta, y que constituye un buen ejemplo de lo difícil que resulta predecir el futuro en materia de economía y geopolítica, son los daños secundarios o indirectos sufridos por la capacidad de exploración y producción petrolera de Venezuela tras los dos recientes terremotos que sacudieron el país hace unas semanas. Los daños en la infraestructura petrolera de Venezuela también podrían afectar a la fiabilidad del suministro de petróleo pesado para los países importadores de combustible de la región que dependen de él. Los cortes de electricidad y los daños en la infraestructura portuaria y las carreteras podrían provocar retrasos de duración indeterminada en la cadena de suministro. Esto añade una presión adicional a aquellos países de la región que dependen de las importaciones de combustible. 

El futuro sigue siendo incierto, y las oportunidades para algunos —en particular para los exportadores de combustible como Argentina, Brasil y Guyana— pueden ir acompañadas de pérdidas para los importadores como Chile, Uruguay y los países de Centroamérica y el Caribe. No obstante, cabe mencionar que, a pesar de la gravedad de la crisis, la región se ha mantenido estable, lo que demuestra que la resiliencia estructural, una política monetaria proactiva y unos amortiguadores externos reforzados pueden ayudar a proteger a América Latina y el Caribe de los efectos de conflictos geopolíticos lejanos. De cara al futuro, el reto fundamental para los responsables políticos de la región será consolidar estos avances institucionales, garantizando que la actual estabilidad macroeconómica sirva de base para el crecimiento a largo plazo, aprovechando la oportunidad que ofrece el conflicto en regiones lejanas para afianzar el papel de la región como zona de paz, estabilidad y recursos que puede contribuir a equilibrar los mercados mundiales de materias primas. 


Por Enrique Millán-Mejía e Ignacio Albe 

Las opiniones expresadas en este artículo son las de los autores y no reflejan necesariamente las del IISD. 

Aviso legal: Este artículo se ha elaborado con la ayuda de Microsoft Copilot con el fin de traducirlo del inglés al español. Todo el contenido ha sido revisado y cumple con la Política de uso de la IA del IISD.

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